El movimiento Völkisch. Pangermanismo & pancatalanismo.

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Conferencia de Eduardo de la Fuente en la FNCB y presentación de “Entre Baleares y el Mundo”

El movimiento Völkisch como paradigma del pangermanismo. Una breve comparativa con el pancatalanismo

Por Eduardo de la Fuente

Buenas tardes, gracias por acompañarme, por compartir su tiempo con un servidor. Es para mí un honor el poder dirigirme a ustedes desde esta tribuna, en esta casa, la de los amigos de la Fundación Nacional Círculo Balear. Lo bueno de escribir un libro es que permite disfrutar de momentos como este.

Hace unas semanas hablé con el presidente fundador de la Fundación Nacional Círculo Balear, Jorge Campos, para informarle de la donación de libros que pensaba hacer. Fue entonces cuando surgió la posibilidad de organizar el pequeño encuentro de hoy que además es especial porque nos hallamos en vísperas de la Navidad, lo que para cualquiera de nosotros, sea creyente, ateo o agnóstico, supone el vivir unas fechas especiales. La Navidad, más allá del significado religioso de la celebración, es en nuestra sociedad una tradición, una costumbre. Como ciudadanos libres podemos elegir vivirla en el modo cristiano o como unos simples días de fiesta. Estamos en nuestro derecho, pues las tradiciones y las costumbres son la base que configura nuestra sociedad y la libre elección de cómo vivirlas, siempre y cuando no molestemos a nadie, nos engrandece. Las costumbres, las tradiciones, cambian con los años y se adaptan a los signos de los nuevos tiempos. Es un proceso natural que nunca puede ser sustituido por los experimentos políticos que pretenden erigir a los gobernantes en arquitectos de la sociedad, en aprendices de estadistas que se meten en nuestras alcobas para decirnos en qué idioma tenemos que gemir cuando amamos, en el sentido carnal, al prójimo.

Por sorprendente que parezca, no son pocos los “arquitectos sociales” que, dispuestos a dinamitar nuestro presente para uniformar y calafatear de negro nuestro futuro, recurren a un pasado idílico sobre el que justificar sus desvaríos. Algunos fantasean con el paraíso de la Segunda República, un tiempo convulso, antesala de la Guerra Civil española, para hacernos creer que entonces todo eran maravillas y esperanzas truncadas por un generalete orondo de voz aflautada. De los asesinatos en las calles, de la polarización de las fuerzas políticas del momento, o de la revolución del año 1934 nadie parece saber nada. La memoria histórica se ha convertido en memoria selectiva. Otros, los nacionalistas, y en ellos me centraré, pretenden recuperar un pasado inexistente para dotar de una cierta respetabilidad histórica y base científica a sus teorías. Cometen básicamente dos errores.

Primero: El nacionalismo de origen romántico y decimonónico juzga los hechos del pasado con la óptica interesada del hoy. El presentismo es un riesgo en el que resulta fácil caer. ¿Podríamos tildar de genocidio la sangrienta conquista de las Galias de Julio César? ¿Qué diríamos del castigo que sufrió Cartago tras la Segunda Guerra Púnica, cuando se aniquiló a la población, se sembraron de sal los cultivos y se vendió como esclavos a los supervivientes? Hoy así sería calificado, un genocidio, pero no nos escandalicemos: hace 2.000 años aunque el mundo era parecido al de hoy, las consideraciones morales eran muy diferentes.

Segundo: La Historia no es una línea que va desde el ayer hasta el hoy en la que se puedan fijar periodos definidos. La historiografía tradicional occidental ha dividido el devenir de la Humanidad en periodos para facilitar su estudio: Prehistoria, Mundo Antiguo, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea. Incluso hemos introducido la idea del “fin de la Historia” según Francis Fukuyama. Pero ningún suceso histórico puede entenderse sin sus causas y sus consecuencias. Todo hecho tiene un antes y un después sin los cuales resulta imposible conocerlo, analizarlo y valorarlo en su justa medida. Los nacionalistas acostumbran a establecer momentos definitorios en los que, según sus intereses, arranca la Historia. ¿Podemos decir que la Historia de Mallorca comienza en el año 1229 con la conquista de Jaime I? ¿Existía Cataluña en los tiempos de la Marca Hispánica? Si ustedes pensaran que así es, utilizando el mismo razonamiento proselitista del pancatalanismo, yo podría asegurarles que la España actual ya existía en la Hispania visigoda o en la romana. La Historia ni empieza ni acaba cuando a uno le venga en gana. Las divisiones temporales son, insisto, una mera ficción, una forma, a lo sumo, de compartimentar la Historia para hacerla más manejable en términos académicos.

Como ejemplo de lo expuesto les voy a hablar de una espinosa cuestión pero no de nuestros queridos pancatalanistas. De momento. Me remitiré al pangermanismo* que durante 400 años se forjó en la actual Alemania y que llevó al mundo, como bien saben, a la Segunda Guerra Mundial, la mayor confrontación bélica conocida en la que, sólo en los campos y las ciudades de Europa, perdieron la vida 40 millones de personas.

Para hablar del pangermanismo debemos remontarnos al Mundo Antiguo. El historiador Christopher B. Krebs, profesor de Clásicas en Harvard, dice de la Germania de Tácito que es el libro más peligroso. Cayo Cornelio Tácito escribió Germania en el año 98, un librito en el que recoge algunas crónicas sobre la vida y la identidad de los antiguos bárbaros germanos, esos misteriosos pueblos hiperbóreos que la hasta entonces invicta Roma parecía no poder doblegar. Es muy posible que Tácito jamás cruzara el Rin y que sus historias sobre los fieros y valerosos germanos no fueran más que un compendio de relatos y testimonios de segunda o de tercera mano. No fue hasta finales del siglo XV cuando la Germania fue redescubierta por los humanistas italianos. Es entonces cuando el texto sufre todo tipo de tergiversaciones por parte de los nacionalistas alemanes que pretendían ser los pobladores puros y autóctonos de la vieja Germania, aquellos que “se parecían sino a ellos mismos”, como citaba Tácito. Debemos recordar que Alemania, tal y como la conocemos hoy, no surgió hasta el año 1871. En el siglo XVI, por ejemplo, en los territorios alemanes convivían hasta sesenta entidades administrativas diferentes entre reinos, asociaciones territoriales de la más diversa índole, ciudades imperiales y ciudades independientes. Un verdadero caos. Hasta 1871, los pangermanistas fabularon todo tipo de estrafalarias ideas carentes de base científica alguna para modelar lo que denominaron Volk, el pueblo, una entidad basada en la unidad de la lengua en la que tenían cabida todos aquellos territorios en los que se hablaba o presuntamente se hubiera hablado alguna vez el alemán. Vemos como se identifican lengua y pueblo, como ambos conceptos no necesariamente coincidentes se fusionan. La base del pangermanismo ya no es el ciudadano. En su lugar, se impone la difusa idea de un Volk monolingüe, de un espíritu ancestral, puro, único, auténtico por oposición a las demás formas de estado, de cultura y de sociedad. El buen alemán no sólo lo es porque habla alemán, la lengua genuina y superior a las de su entorno, sino que lo es porque es lo único que puede ser. La supremacía lingüística y el Volk, el pueblo, se unen en una entidad de la que el ciudadano puro y honrado no puede abstraerse.

El pangermanismo, como pensamiento uniforme...
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...El pangermanismo, como pensamiento uniforme y hegemónico (lo que hoy llamaríamos “políticamente correcto”) necesitaba de algo más, de una base histórica que certificara su origen primigenio. Todo empieza con los germanos de Tácito, es dogma de fe. Pero al ser las fuentes históricas romanas tan breves e incluso, en términos etnográficos, tan débiles, el pangermanismo trasciende la comunidad lingüística alemana para subrogarse de todo aquello que considere oportuno para justificar sus orígenes. El pangermanismo, por ejemplo, se adueñó de la mitología nórdica recogida en la Edda, una serie de relatos datados en el siglo XIII e incluso antes, escritos en noruego arcaico en la lejana Islandia. De golpe, el panteón de dioses clásicos de Grecia y Roma es suplantado por Odín y sus huestes, considerados origen mitológico y pseudocientífico del mundo y de las razas puras entre las que se encuentra la aria. Expresiones como raza aria, raza indoeuropea, raza indoaria o raza nórdica se utilizan indistintamente pero siempre en referencia a los germanos. Cabe señalar que a Hitler tales planteamientos no le convencían. ¿Cómo explicar que en tiempos de esa Germania mítica los alemanes se vistieran con pieles y vivieran en chozas cuando en Roma se construían ciudades con termas, templos y majestuosos edificios?, se preguntaba el Führer. El pangermanismo decidió pues que griegos y romanos también eran germanos y que Roma sucumbió por la mezcla de razas y la degradación moral. Fueron, según esta descabellada teoría, los germanos los que al invadir el Imperio volvieron a instaurar las costumbres honorables y la lengua perdida. De repente, el latín y el mundo latino se borraban de un plumazo.

Tras la unión de lengua y pueblo y la creación de un pasado que jamás existió, el pangermanismo decidió reconstruir y adaptar el mito del buen salvaje, que, como no podía ser de otra manera, también iba a ser germano. Nace entonces el mito del campesino–guerrero exaltado como modelo de integridad gracias a la superioridad y pureza de la raza germana, inalterable durante milenios frente a la decadencia oriental que se asentó en otros pueblos de Europa. Los planes de repoblación de la Europa oriental y de la gran planicie asiática en el caso de la victoria alemana se basaron en esa idea del campesino-guerrero. Heinrich Himmler, el máximo responsable de las SS, soñaba con poblaciones agrarias habitadas por las más puras familias nórdicas que fueran a la vez campesinos y soldados, defensores en primera línea de una nueva Alemania frente a las hordas asiáticas racialmente inferiores. Himmler quiso construir un futuro en base a un pasado inexistente. Ni el campesino-guerrero germano existió jamás sino en el místico imaginario nacionalsocialista, ni el modelo agrario que propugnaba ya era viable a mediados del siglo XX, momento en el que pronosticó el final de la contienda.

Así es como se construyó una identidad artificial, dicho sea con el mayor respeto a la Alemania y a los alemanes de hoy, que fue explotada por el nacionalsocialismo. El delirio más absoluto y aberrante llegó con la creación de la Ahnenerbe, la Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana, en los años 30 del pasado siglo, una organización dependiente de las SS que se dedicó al expolio, a la falsificación histórica e incluso a los más horribles experimentos con prisioneros de guerra y personas de las consideradas razas inferiores.

Pero hay más. Al utilizar el idioma como la argamasa que unía los ladrillos sobre los que se edificaba la débil catedral del pangermanismo, el partido nazi modificó la lengua, la uniformó con palabras y expresiones propias que penetraron en el subconsciente colectivo de la sociedad alemana. La perversión del lenguaje consiguió que las palabras condicionaran al pensamiento y pronto el conjunto de la sociedad alemana, incluso los no nazis, adaptaron la jerga oficial y dieron por buenos los aberrantes conceptos que ésta entrañaba. La lengua viva, el habla del pueblo, pasa a ser proscrita. Es el Estado, la representación del Volk, el que decide cómo se debe hablar. Todas aquellas palabras de origen latino susceptibles de ser eliminadas desaparecen. Así, por ejemplo, se llega a absurdos tales como sustituir la palabra Arqueología por la voz Spatenwissenschaft, o Ciencia de la Pala en español. El resultado fue la construcción de un idioma artificial, paradójicamente latinizado, cuando no sencillamente rimbombante y ridículo.

El pangermanismo, pero, no puede ser considerado la causa única y principal de la eclosión del nacionalsocialismo. Es, a grandes rasgos, la conjunción de pangermanismo, esoterismo pseudohistórico, supremacismo racial y antisemitismo lo que configuró la base ideológica del nazismo. Todos esos elementos ya se encontraban presentes en la ideología Völkisch, que no sólo reinterpretaba el pasado sino que pretendía construir el futuro en función de los cánones ideales del perdido paraíso germano.

Dicen que las comparaciones son odiosas y no es mi intención equiparar el pancatalanismo de hoy con el pangermanismo del ayer. Aún así, como ejemplo, y sólo como ejemplo, nos sirve para entender que, a una diferente escala y magnitud, por supuesto, los nacionalismos periféricos que se dan en España no son nada nuevo, que continúan enquistados en ideas cuando menos cuestionables y en principios sociales y políticos obsoletos.

He aquí algunos ejemplos, más bien preguntas retóricas:

Nos encontramos esta noche reunidos en la sede de la Fundación Círculo Balear. ¿No han sido los cristales de las ventanas que tienen a sus espaldas rotos a pedradas en diferentes ocasiones por los cachorros del pancatalanismo? ¿No se ha convertido acaso la noche del 31 de diciembre en nuestra particular Kristallnacht, nuestra Noche de los Cristales Rotos?

Hace tan sólo unos días, con motivo de la conmemoración de los 33 años de la aprobación popular de la Constitución de 1978, grupos de las juventudes de Esquerra quemaron ejemplares de la Carta Magna. ¿No les recuerda a las incandescentes piras de libros en llamas de la Alemania nazi? ¿Qué mayor demostración de sectarismo, ignorancia y desprecio por el saber humano puede haber que la quema de un libro por motivos ideológicos?

¿Que les parecen las marchas nocturnas de ciertos grupos pancatalanistas antorcha en mano? ¿No son esas procesiones calcadas a las que la cineasta Leni Riefenstahl inmortalizó en El Triunfo de la Voluntad, el documental propagandístico del congreso del partido nazi de 1934?

¿Qué me dicen de la transformación lingüística que sufre el catalán normativo en el que por defecto se desprecian las palabras de origen o simple parecido con el español en favor de préstamos de otros idiomas o voces de nuevo cuño? ¿Por qué se ansía la supremacía del catalán sobre el español? ¿No es el certificado de catalán expedido por la Junta Avaluadora un salvoconducto que nos identifica como buenos catalanes?

¿No se igualan pangermanismo y pancatalanismo a la hora de recuperar un pasado ficticio sobre el que construir una hipotética nación? ¿Por qué recurren ambos a motivos lingüísticos para configurar sus fronteras? Grosse Deustchland, Països Catalans... ¿hay alguna diferencia?

¿Por qué Austria se sometió al pangermanismo en 1938 y nosotros, las Islas Baleares, lo hacemos hoy en el caso del pancatalanismo?

¿Por qué hemos permitido que, como hizo el pangermanismo con la Edda islandesa, el pancatalanismo se apropie de nuestro pasado, de nuestra identidad?

El debate historiográfico, siempre sano, interesante y necesario, carece de valor cuando lo que se pretende es reescribir la Historia al gusto de algunos. Pero el sentido común y la evidencia desaparecen cuando desde el pancatalanismo se han conseguido éxitos, algunos de ellos que en una sociedad libre como la nuestra deberían llevarnos a la reflexión. ¿Qué está pasando para que unos pocos logren condicionar a la mayoría de la sociedad?

Cuando unos pocos le dicen a la mayoría cómo debe hablar, cómo debe pensar y comportarse, cual es el sentimiento nacional correcto y, lo que es aún peor, su mensaje se acepta, llega el momento de plantearnos, tal vez tarde, es cierto, la razón por la que hemos llegado a tales extremos, a la antesala de la dictadura, al cerrojazo del libre pensamiento. Sólo puede ser porque el pancatalanismo ha calado en nuestra sociedad a todos los niveles: educativo, laboral, asociativo, político…

Un servidor, ni acepta ni aceptará la reescritura de la Historia, el pensamiento políticamente correcto, ni la tiranía de la imposición venga de donde venga.

Imagino que ustedes tampoco. Por eso estamos aquí esta noche. Y por cierto, como decíamos al principio, disfruten de la Navidad cómo les apetezca, en la lengua que les plazca y en coherencia con sus creencias, morales o religiosas.

Muchas gracias. Hasta que nos reencontremos sean buenos y felices.





*A modo de nota informativa les propongo tres libros imprescindibles para entender el pangermanismo y el delirio nacionalsocialista:

El libro más peligroso, La Germania de Tácito del Imperio Romano al Tercer Reich. Christopher B. Krebs. Editorial Crítica, Barcelona, 2011.

El Plan Maestro. Arqueología fantástica al servicio del régimen nazi. Heather Pringle. Mondadori, Barcelona, 2011.

LTI: La Lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. Victor Klemperer. Minúscula, Barcelona, 2002.
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(Usuario baneado)
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quote:
Originalmente escrito por calimotxor
Joder, eres un plasta. Estos tochacos son infumables.

Es que esto se lee y se estudia pero NO se fuma.
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¿Estás comparando el nacionalsocialismo pangermánico, con el catalanismo?


Mande la derecha o mande el socialismo;
Ha de barrer las calles, siempre el mismo.


En política suele pasar que la gente se une no por tener unos
valores en común, si no por odiar las mismas cosas.


Hasta las pelotas, de tanto capullo y tantas gaviotas
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quote:
Originalmente escrito por D0KT0RZER0
¿Estás comparando el nacionalsocialismo pangermánico, con el catalanismo?

Por supuesto, Cataluña aparte de ser el último lugar de Europa en mantener a unos políticos TOTALMENTE FEUDALISTAS se ha convertido en el refugio de la ideologia NAZI, como las Vascongadas.
Aunque por su puesto que yo no soy el autor de tan magistral articulo, para más info:

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